Transgénicos ¿sí o no?: un debate en el que el consumidor apenas entra

interrogacion.gifLa producción de cultivos modificados genéticamente —los comunmente conocidos como transgénicos— es objeto de acalorada polémica con su simple mención. Inmediatamente se forman dos bloques inamovibles: en un lado el conformado por agricultores que quieren reducir los costes de sus explotaciones y empresas que han invertido mucho dinero en la apuesta por la biotecnología; y en el otro organizaciones ecologistas y agricultores familiares, partidarios del cultivo tradicional y de mantener las tierras libres de cualquier experimento genético. En medio de ambos bloques se encuentra el consumidor, temeroso de las consecuencias que pueda tener para él un contacto tan directo con la biotecnología, como el caso de ingerir alimentos transgénicos.

Este consumidor tiene ideas confusas: de una parte puede creer que los alimentos transgénicos se producen en un laboratorio, aunque lo que ignora es que está rodeado de ellos por todas partes y que a veces incluso los consume sin saberlo.

En Europa el único cultivo modificado genéticamente con autorización para su siembra es el maíz. Sin embargo, no está prohibida la comercialización de productos alimentarios o de otra índole, como textiles, por lo que los consumidores pueden usarlos o ingerirlos sin problema y sin saberlo, aunque muchos agricultores tengan vetado el producirlos.

Ahí empieza la gran paradoja: si los transgénicos son inocuos para la salud, ¿por qué se prohíbe su cultivo? Si son nocivos ¿por qué se permite su consumo?

Está claro que el tema se trata con total hipocresía; de hecho, el maíz transgénico convive con los ciudadanos sin que el consumidor esté informado de ello.

Para empezar sirve de base para piensos con los que se alimenta el pollo que llega a la mesa cocinado en pepitoria o con tomate o de la ternera que se hace a la plancha. No tiene etiqueta que advierta que esos animales han comido OGMs, pero si la tuviera ¿quien podría identificar de qué se trataba?

El origen del OGM

Una planta transgénica es aquella cuyo genoma ha sido modificado mediante ingeniería genética para introducir uno o varios genes nuevos o para cambiar la función de alguno propio.

Más allá de la teoría, los defensores de los cultivos transgénicos legitiman su extensión en que son más eficientes, produciendo más por menos.

Es decir usar menos recursos por kilo de producción agrícola, disminuyen el consumo energético, y reduce el uso de fertilizantes y de agua, por lo cual no dudan en presentarse como producciones ‘sostenibles’, aunque sus detractores renieguen de ese concepto.

En suma, los cultivos transgénicos reducen costes de producción y se adaptan mejor, algo que presentan como una gran ventaja para el agricultor.

España, a la cabeza

En Europa, según datos facilitados por Monsanto, —la gran multinacional de la biogenética— el total de hectáreas de máiz cultivadas con producciones genéticamente modificadas en 2008 ha sido de 107.750 en siete países, lo que significa un 21 por ciento de incremento sobre 2007 (si se excluye Francia, donde su cultivo ha sido suspendido durante la campaña 2008).

Polonia y Rumanía han sido los países que más han crecido en 2008 (más de de diez veces la superficie cultivada en 2007); Eslovaquia ha duplicado su cultivo y la República Checa ha aumentado un 68 por ciento comparando con el año anterior.

Está claro que los países del Este prima la producción a las tesis conservacionistas, posiblemente influidos tanto por la necesidad económica como por su seguimiento de las directrices económicas que llegan de Estados Unidos.

En España la superficie de maíz genéticamente modificado alcanzó en 2008 las 79.269 hectáreas, destacando Aragón, con casi el 40 por ciento de la superficie y seguida por Cataluña y ya más lejos Extremadura.

Estos datos suponen un incremento del 5,5 por ciento respecto al año anterior. Su cultivo se debe, fundamentalmente, a la resistencia de estas variedades contra la plaga del ‘taladro’, por lo que la superficie sembrada en España casi se ha multiplicado por cuatro en un periodo de diez años, pese a las restricciones comunitarias y españolas.

Pero la cosa no queda ahí. La superficie de cultivos transgénicos en España alcanzará previsiblemente las 110.000 hectáreas en 2009 y en otros países de la Unión Europea como República Checa, Portugal, Eslovaquia y Alemania, según se ha publicado en un informe del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

Normas de coexistencia

En dicho documento también se recoge la necesidad de que en España se establezcan condiciones de coexistencia entre los OGMs y las producciones ecológicas. Lo que no dice es que esa coexitencia preocupa no sólo a los agricultores de explotaciones ecológicas, si no también a los de cultivos tradicionales.

El informe norteamericano lo que sí asegura es que países como Bélgica, República Checa, Alemania, Hungría, Portugal Rumania o Eslovaquia han establecido normativas de coexistencia nacionales entre cultivos transgénicos, convencionales y ecológicos y en otros como España o Reino Unido aún se está elaborando, mientras que se prohíbe su cultivo en Austria, Francia, Grecia, Hungría o Italia, lo que viene a evidenciar una Unión Europea claramente dividida sobre esta cuestión.

Asimismo, también subraya que la Unión Europea es el principal consumidor de productos biotecnológicos, especialmente de soja de importación para alimentar al ganado, y calcula que al menos el 80 por ciento de la soja importada es genéticamente modificada.
En el caso concreto de España, el debate sobre coexistencia entre cultivos continúa, y que los agricultores siguen sembrando OGMs ‘sin un Decreto que proteja a los productores ecológicos’ refleja que, con el paso de los años, se hace cada vez más necesaria que se impongan condiciones de coexistencia, especialmente sobre la distancia de aislamiento.

En todas partes

Desde abril de 2004 la Unión Europea exige que figure en el etiquetado si un alimento ha sido genéticamente modificado o contiene algún producto que lo haya sido. Sin embargo, cabe preguntarse a estas alturas cuántos consumidores, que ya vigilan ingrediente, calorías, procedencia y, hasta los conservantes, tienen claro como identificar si son o no trasngénicos.

Y si en un paquete de salchichas figurará si el cerdo ha sido alimentado con piensos elaborados con productos de este tipo.
La Fundación Antama (Fundación para Nuevas Tecnologías, Agricultura, Medioambiente y la Alimentación concentra a los mayores defensores de la biotecnología en España.

Importantes expertos colaboran para difundir estas tecnologías y entre los estudios recientemente difundidos por esta entidad se incluye una encuesta realizada por la consultora inglesa IGD que concluye que aunque el número y la variedad de alimentos modificados genéticamente que se encuentran en los supermercados es limitado, los consumidores los compran.

Más concretamente los datos indican que el 52 por ciento de los encuestados ni apoya ni rechaza de forma explícita la biotecnología alimentaria, sin embargo, esta falta de criterio tiene mucho que ver con una desinformación generalizada o incluso con un bombardeo de informes más o menos serios sobre los alimentos saludables o los alimentos funcionales, confundiendo muchas veces los términos.

En Antama recogen informes como el de la Universidad de Dakota del Sur, que está desarrollando un haba de soja rica en Omega-3, o el estudio de la compañía Texas A&M con una zanahoria diseñada que ayuda a absorber más calcio y destinada al tratamiento de la osteoporosis.
En el mismo sentido se citan estudios para la reducción o eliminación del gluten del trigo, algo que beneficiaría al colectivo de celíacos o los relacionados con la producción de proteínas humanas, anticuerpos, vacunas y otras moléculas útiles para la medicina moderna.

Incluso se citan hasta trabajos relativos a la producción de anticuerpor VIH en plantas de tabaco.

En todo caso, según informan desde Antama, existen nuevas características biotecnológicas que se están utilizando en más de 20 países de todo el mundo, y que todavía no están disponibles para los agricultores españoles ni europeos debido al celo en su aprobación.

Resistente a la sequía

Sin embargo, y al margen de estudios orientados más directamente a captar el interés del consumidor, también se trabaja pensando en ‘conquistar’ cada vez a más agricultores.

Se ha sabido hace unos días que Monsanto comercializará en 2010 un maíz transgénico resistente a la sequía.

Este producto genéticamente modificado, desarrollado en colaboración con el gigante químico alemán BASF, fue enviado a la agencia federal de Medicamentos y Alimentos de los Estados Unidos (FDA) para su examen. Una vez superadas satisfactoriamente las pruebas de campo, para este tipo de maíz, Monsanto también trabaja en el desarrollo de una variedad de soja resistente a la sequía.

Este anuncio ocurre en un momento en que el mercado de los cereales se ve afectado por las consecuencias de la sequía, especialmente dura, que sufren Argentina y Brasil.

Otro cultivo sobre el que se trabaja para su resistencia a la sequía es el arroz. Los investigadores del CIAT, junto con el Centro Internacional de Investigación para las Ciencias Agrícolas del Japón (Jircas) y el Centro de Ciencias Vegetales RIKEN, están desarrollando una variedad cuyos rendimientos son confiables, aun cuando el riego sea escaso.

Si no fuera porque los principales arrozales españoles se encuentran en zonas especialmente sensibles desde el punto de vista medioambiental, como la Albufera Valenciana, el Parque de Doñana o el Delta del Ebro, más de un arrocero se estaría planteando esta posibilidad, sobre todo cuando en algunos casos, como las Marismas del Guadalquivir, han visto restringida su dotación habitual de agua para el riego del arroz a la mitad de una campaña normal durante los últimos años.

La batalla del algodón

Aunque en España los partidarios de los transgénicos cuentan en sus filas con la organización agraria ASAJA y en su contra con COAG, hay un cultivo que está protagonizando, en los últimos años, un debate específico y que está haciendo cambiar los criterios de la Administración.

Se trata del algodón, una producción que se extendía fundamentalmente en el Valle del Guadalquivir pero que tras la reforma del sistema de ayudas de la PAC está viendo peligrar su superviviencia y la de los agricultores e industriales.

De hecho, la superficie de algodón andaluz ha dismuido, pasando desde más de 100.000 hectáreas a las 48.000 en apenas cinco años.

A la menor rentabilidad del cultivo se une la proliferación de plagas en las últimas campañas, como el gusano rosado, lo que ha llevado a los agricultores a plantear el algodón BT como única alternativa de futuro.

El argumento más usado tanto desde las filas de ASAJA como de UPA, es que ni siquiera se trata de un alimento, por lo que no se explica su prohibición, menos aún cuando en España se produce maíz transgénico y cuando cualquier camiseta muy problamente ha contado con este tipo de algodón como materia prima.

El riesgo para los numerosos agricultores que vivían del algodón, ha llevado al actual consejero de Agricultura de la Junta de Andalucía, Martín Soler, a declararse partidario del cultivo del algodón genéticamente modificado, en contradicción con lo defendido por sus antecesores en el cargo.

El éxito de la soja, ¿transgénica?

La soja pertenece a la familia de las leguminosas, al igual que la judía o el guisante, y cómo estas, se producen en el interior de unas vainas.

Se trata de una planta anual, que se cultiva durante la estación cálida, de ahí la proliferación de este cultivo en países del cono sur americano.

En cada vaina se producen entre tres y cuatro semillas de diferente tamaño y color, según la variedad. La más apreciada es la amarilla porque de ella se extrae el aceite.

La razón de su amplio desarrollo en países orientales es su capacidad para suplir la escasez de proteínas en la alimentación de las personas con menos recursos, de ahí que durante mucho tiempo se la conociera como la ”carne de los pobres”.

”Oro verde” en América

La mayoría de los consumidores de soja españoles quizás optaran por otro alimento si supieran que cuatro de los seis millones de toneladas de soja importada cada año de Argentina y Brasil, proceden de cultivos transgénicos.

En el viejo mundo, la soja se ha convertido en el Oro Verde, una fuente sustancial de riquezas que, sin embargo, despierta la animadversión de los ecologistas.

No existen estudios que demuestren que los alimentos modificados genéticamente constituyan un riesgo para la salud, sin embargo, la desconfianza en este punto suele ser habitual ante la falta de informaciones contrastadas al respecto y por la polémica que este asunto siempre suscita.

La verdad es que, el cultivo de soja transgénica la hace resistente al glifosato, un herbicida de alta potencia que suprime todas las malas hierbas que compiten por los nutrientes del suelo. De esta forma, de obtiene una alta rentabilidad de la legumbre, al multiplicarse las toneladas de producción y hacerse más fluida su posterior comercialización.

Una vez comercializada en países como España, la soja transgénica se emplea no sólo para su consumo directo, sino en derivados como la leche o el tofu y, lo que es más importante, en piensos para la alimentación del ganado, introduciendo así la materia transgénica en toda la cadena alimenticia sin que el consumidor sea consciente de ello.

Opiniones contrarias

Mientras el cultivo de transgénicos se extiende a nivel mundial, sobre todo en países pobres y muy dependientes de la agricultura, en Europa la situación es distinta: hace un año Francia prohibió la siembra de la variedad de maíz transgénico, (justo la que está autorizada en España), que se estaba produciendo en el país y del que se prevían sembrar casi 100.000 hectáreas. En la misma línea de prohibición se encuentran Austria, Grecia, Polonia o Alemania que solicitó una moratoria sobre nuevas aprobaciones, situación a la que se adhieren otros países.

Desde las filas ecologistas y conservacionistas se critica la hipocresía de no querer cultivarlos en Europa por sus impactos ambientales y sus riesgos para la salud, pero sí importarlos de terceros países, como de hecho ocurre.

Recientemente más de 300 investigadores, ecologistas, agricultores y representantes de sindicatos presentaron Madrid un manifiesto bajo el lema ”Democracia, precaución y medio ambiente”, avalado por Amigos de la Tierra, la organización agraria COAG, Ecologistas en Acción y Greenpeace, con la colaboración de Científicos por el Medio Ambiente e investigadores.

Concretamente COAG mostraba su preocupación por la “negativa evolución” del Gobierno español en relación a esta materia y, en particular, por la postura a favor de los transgénico.

DIARIO DIGITAL AGRARIO

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