Somalia: la vida en territorio pirata


EL TIEMPO.COM – La pesca ilegal foránea disparó la piratería. Pescadores locales se armaron para defenderse, y pasaron de atacar barcos extranjeros a secuestrarlos. En este año, casi 70 naves han sido secuestradas

Piratería se se multiplicó por 10 frente a las costas de Somalia en primer trimestre del 2009
Se llama Abdulwali Muse. Tiene 19 años. Es de nacionalidad somalí y de profesión pirata. Pero su apariencia no podría ser más lejana del imaginario que primero la literatura y luego Hollywood crearon sobre el mito del corsario, del bucanero. Muse no se parece en absoluto a Johnny Depp y, aunque luce rudo y descuidado, se asemeja más a un warlord (señor de la guerra) africano salido de la cinta La caída del halcón negro: camisa sin mangas, gafas oscuras todo el tiempo; no lleva una espada, sino un AK-47, y no coordina sus ataques guiado por una brújula, sino por un GPS y un teléfono satelital.

Sin embargo, estos piratas del siglo XXI también van en busca de un tesoro, que se estima que el año pasado fue -depende de cómo se calcule el rescate promedio- de entre 30 y 80 millones de dólares.

A pesar de su corta edad, a Muse se le atribuye haber comandado la operación que la semana pasada y durante cinco días mantuvo en vilo al mundo y que convirtió a Richard Phillips, capitán del Maersk Alabama, en un héroe nacional de E.U. El viernes, mientras Phillips regresaba triunfal a su hogar, Muse se prepara probablemente para ser trasladado desde Kenya (donde lo capturaron) a una corte de Nueva York.

Pero Muse y otros como él, que aún se dedican a secuestrar barcos mientras atraviesan las azarosas aguas del Golfo de Adén, en el océano Índico, no se describen a sí mismos como piratas, y mucho menos terroristas. Prefieren ser llamados ‘guardacostas’ o, simplemente, ‘marinos’.

A medida que la primera década del siglo XXI se aproxima a su fin, el mundo se halla, de nuevo, enfrentado a la perspectiva de una guerra contra los piratas. Más de una docena de países, que van de Estados Unidos a China y el Reino Unido, ha movilizado naves de guerra para patrullar las peligrosas costas de Somalia y tratar de detenerlos.

La guerra de los pescadores

El fenómeno de piratería en Somalia, que ha sacudido, por sus alcances, a la comunidad internacional, comenzó en 1991 con la caída del régimen represivo de Siad Barre, que dio inicio a un período de anarquía. El Gobierno tiene una mínima presencia en el centro del país, que por lo demás permanece sin Policía, Ejército o Guardia Costera.

Los somalíes aseguran que este fue el elemento catalizador en el surgimiento de la piratería moderna. Amparados por la falta de una autoridad marítima, aseguran, docenas de barcos pesqueros de Europa e, incluso, Asia, llegaron para explotar la riqueza de la zona, en la que abundan atunes, barracudas. Los pescadores somalíes vieron su subsistencia amenazada. Hay, incluso, relatos de barcos extranjeros que vertían desechos tóxicos frente a las costas somalíes, pero es virtualmente imposible confirmarlos.

Como sea, los pescadores comenzaron a armarse para sacar de sus aguas a los intrusos. Con el tiempo, se dieron cuenta de que atacar barcos extranjeros era menos rentable que secuestrarlos.

Por eso la curva del fenómeno de piratería en Somalia es claramente ascendente a partir del 2007. En ese año, 41 barcos fueron secuestrados, mientras que el año pasado el número pasó del centenar. En los cuatro meses que lleva el 2009, el número de barcos atacados llega a casi 70, a pesar de que las naciones afectadas han redoblado sus esfuerzos para actuar en contra de los piratas. Ayer, sin embargo, hubo un éxito: la Marina holandesa liberó a veinte pescadores yemeníes que llevaban una semana secuestrados en su propio barco por piratas somalís.

Ahora que E.U. entró en el escenario -el capitán Philips fue el primer estadounidense secuestrado por piratas desde inicios del siglo XIX- las apuestas se hicieron más altas. El marino ya está de vuelta en su casa de Vermont, mientras que Abdulwali Muse cumplirá los 20 años tras las rejas, a la espera de una orden de extradición que, de producirse, lo enfrentaría en Estados Unidos a cargos que, en virtud de un convenio internacional, podrían ser, incluso, de terrorismo.

 

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