Soberanos o no en materia alimentaria

(Artículo publicado en Deia, sección Opinión, el 6/2/2010) Poco o nada nos conectará con el presidente de los Estados Unidos, salvo que él y todos nosotros podamos llegar a ser relativamente apoltronados, ligeramente falsos, e inconscientemente contradictorios. Sin embargo, Michelle Obama y su esposo Barack sirven para introducir esta reflexión sobre la política agraria y alimentaria de este país.

El 18 de enero, varios medios de comunicación regalaron un pellizco de propaganda a esta pareja americana. Barack convidó a Michelle, que celebraba su cumpleaños, a saborear los alimentos de un restaurante ecológico. El restaurante orgánico de Washington fue testigo de la sorpresa que le preparó el presidente, que abonó 70 dólares por cubierto.

Aunque no quisiera entrar a discutir sobre los principios morales e ideológicos de nadie en este artículo, la noticia me resultó atractiva. Precisamente porque últimamente la política alimentaria estadounidense no se ha caracterizado por ser ecológica. De hecho, según los datos aportados por Helen Groome en un manual sobre la agricultura transgénica, desde 1996 la mayor parte de la superficie sembrada con organismos modificados genéticamente, más del 89%, se ubica en el continente americano, principalmente en los EE.UU. De hecho, ese país consume el 20% del total de los plaguicidas químicos.

Pero nadie está libre de pecado. Un día antes pasé por una gran superficie muy de aquí; gran superficie que pertenece a un grupo que lleva el nombre de un municipio de un lado del Udalaitz, y cuya sede se ubica justo en el lado opuesto del monte. Algo me llamó la atención: gran parte de la carne de vacuno procedía de países extranjeros. Label polaco, label alemán, entre otros, según pude comprobar. No me podía explicar cómo teniendo animales, ganaderos, y mataderos a pocos kilómetros, la carne extranjera podía competir con el producto local. Supuse que esto se conseguía, por lo menos, por dos vías: la producción a gran escala y extensiva o a través del dumping. Es decir, el dumping que permiten las instituciones públicas y que deriva en un descenso del precio por debajo de los costes de producción. Esto también se hace con dinero público en Euskadi.

Uno de los productos que ha sufrido ese agresivo efecto de saturación en el mercado es la leche. Hemos comprobado que se puede llegar a pagar medio euro por litro. A ese precio, ni la vaca que da leche es una vaca ni la leche que produce es leche. Y ni siquiera el ganadero puede ser ganadero. Lo más curioso era que en el mismo supermercado donde comprobé estos datos se fomentan campañas dirigidas a la ciudadanía sobre el consumo sostenible, bajo el titulo de “escuela de consumidores” y se nos habla de la obesidad infantil, entre otros temas. Ésa es la contradicción de unos, la doble cara de otros, y en muchos casos, la comodidad de los consumidores que no cambiamos nuestros hábitos.

Esa enrevesada cadena alimentaria amparada y cebada por el neoliberalismo machaca el concepto de soberanía alimentaria. Se contraponen dos modelos de desarrollo rural y agropecuario: un modelo cercano, que prioriza el acceso al mercado del productor local, que prioriza el autoabastecimiento y el consumo interno; y el citado modelo neoliberal, basado en el libre comercio.

En un dossier que EHNE pone a nuestra disposición en internet, se aborda el concepto de la soberanía alimentaria invitándonos a reflexionar sobre esta cuestión. Reflexión que abarca a productores, consumidores y políticos y que no sólo engloba ámbitos agropecuarios. Hablar de soberanía alimentaria, como derecho de cada pueblo a determinar libremente cómo alimentarse, es algo que afecta directamente a diversos ámbitos: significa apostar por un modelo de desarrollo concreto, decantarnos por cierto modelo económico, respetar o agredir el medio ambiente, valorar la cultura, tradiciones y antepasados de un país, preservar la salud de la sociedad, la actual y la futura, etc.

Merece la pena, pues, realizar una reflexión individual y colectiva sobre esta cuestión. En definitiva, meditar si queremos continuar con esta política neoliberal vigente en Euskal Herria que prioriza el comercio internacional en detrimento de la alimentación de los pueblos. Según el citado dossier, tampoco somos soberanos en esta materia, dependemos de alimentos importados, avanzamos hacia la utilización de tecnologías no controladas y productos químicos, ocupamos tierras agrarias con infraestructuras y urbanizaciones… y cerramos mataderos.

Como se afirma en el citado dossier, “la soberanía alimentaria depende de la implicación libre, activa, informada y social de toda la población, tanto de productores como de consumidores”. Así, gracias a esa implicación, evitaríamos situaciones como la descrita del supermercado y comenzaríamos a plantearnos este tipo reflexiones. La implicación, pues, nos activaría como ciudadanos, para que no nos apoltronemos, no nos contradigamos, y nos responsabilicemos de nuestras elecciones que marcarán el futuro. En este caso sí, el consumidor tiene poder de decisión.
 

DANI MAEZTU es parlamentario vasco por Aralar

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