PARQUE NACIONAL DE DOÑANA – Degradación y agonía de un paraíso

buitre.gifPor Carlos Moren̩s Рhispanianostra

Doñana es un mito que agoniza. Sus esplendores y riquezas, logrados con esfuerzo por la mano del hombre, siguen un penoso proceso de degradación desde los años 80 del siglo pasado. El imparable curso de este proceso ha llegado, en nuestros días, a situar al Parque en una situación verdaderamente crítica.

Pocos conocen la historia de este lugar privilegiado que fue, durante más de seis siglos, propiedad de los duques de Medina Sidonia. Durante los años finales del siglo XIX, la finca no era más que un erial reiteradamente expoliado, de interminables arenas y fangos insalubres, con escasa vegetación y limitada fauna. En 1900, los duques, arruinados, tuvieron que vender el Coto. El comprador, un acaudalado bodeguero hispano irlandés llamado Guillermo Garvey, supo ver el diamante en bruto que se ocultaba tras la devastada propiedad y dedicó todo su empeño en transformar aquellas tierras hostiles en un lugar floreciente y único. A principios de aquel siglo comenzó, pues, el proceso de conversión que llevaría a Doñana a ser uno de los lugares más bellos del mundo. Tras la muerte de Garvey, heredó la finca su hermano José; luego pasó sucesivamente a dos sobrinas de ambos y, por último, a los hijos de una de ellas. El Coto estaba dividido en dos grandes demarcaciones, llamadas La Marismilla y El Palacio. Esta última fue vendida en 1941. Tanto los adquirentes como los que continuaron siendo propietarios de La Marismilla siguieron la labor emprendida y Doñana llegó a los años 80 del siglo pasado en plenitud de belleza. Su fama se extendió por todo el mundo y recibió las más altas distinciones de los organismos internacionales sobre el medio ambiente.

El Doñana que todos admiran no es, por tanto, fruto de un largo y espontáneo proceso natural, como algunos inducen a creer. Es obra directa del hombre que controló y encauzó, con sensibilidad y tiento, las fuerzas naturales que pugnaban entre si y que supo tratar a la naturaleza con la humildad y la energía precisas, sin actitudes dogmáticas ni paternalismos.

Hay que decir que Doñana es una excepción a los habituales paisajes inmóviles. Son tierras vivas y mutantes que modifican con cierta rapidez su orografía. Sus arenas parten de la playa y avanzan tierra adentro. Forman cerros y luego valles, se inundan y se secan. Por efecto de este tránsito destructor, la vegetación muere en unos lugares y renace en otros. Sus marismas, sometidas a los flujos de las mareas atlánticas y del Guadalquivir, son fuente de riqueza y alimento para su fauna. Inundadas en invierno y secas durante el estío, forman parte señalada de la espectacular estética de la zona. Doñana tiene otra singularidad que lo distingue. Allí los elementos naturales, agua, arena y barro, están en constante conflicto. Esta circunstancia física lo convierte en un territorio tremendamente frágil en sí mismo y esa fragilidad implica que su gestión ha de ser realizada con especial delicadeza, con tacto medido, y con enorme respeto. Quién la ejerza debe abandonar todo prejuicio.

En 1963 el Estado puso pie en Doñana, con la adquisición de parte de El Palacio, donde creó la Reserva Biológica. A partir de entonces se produjo un cambio fundamental. La paz y la soledad ancestrales, elementos constitutivos del esplendor de aquellas tierras, se rompieron para siempre. Multitud de científicos y sus acompañantes comenzaron a recorrer Doñana. Al mismo tiempo, la urbanización de Matalascañas -edificada en la parte de El Palacio con todos los beneplácitos-, la desecación de las marismas y la sobre explotación del acuífero amenazaban ya a la gran propiedad sin que nadie hiciera nada por impedirlo. En 1969 se aprobó el decreto de creación del Parque Nacional.

El equilibrio existente en Doñana y la perfecta relación entre la finca y el hombre, se acabó de quebrar a mediados de los 80, cuando la Administración pública adquirió Las Marismillas, la zona más bella de Doñana. Las distintas administraciones competentes iniciaron una intensa batalla por el control del Parque que causó los primeros desequilibrios. Cuando, al fin, se definieron esas competencias, los daños por el abandono sufrido por la finca eran ya visibles y constituyeron el inicio del declive. Los nuevos gestores públicos, cargados de ideas preconcebidas, decidieron aplicar sus teóricos conocimientos científicos en detrimento de los sistemas de gestión tradicionales, que desterraron de forma radical. Ignoraron las excelentes y equilibradas prácticas de los propietarios anteriores que habían llevado la finca a su cenit. La guardería de Doñana, compuesta por sagas familiares que habían ocupado el cargo durante generaciones, estaba constituida por verdaderos expertos. Sin embargo, los gestores recién llegados, titulados académicos, no quisieron depender de la información de unos hombres de campo. Desdeñaron su sabiduría empírica mientras aplicaban unas medidas nuevas y totalmente contrarias al delicado equilibrio que requería la finca. Se sucedieron varios directores del Parque, modificando cada vez los criterios de gestión en función de sus respectivas ideas. Todos estos gestores, en mayor o menor medida, incurrieron en errores de bulto que dañaron más y más Doñana. Los palos de ciego fueron cayendo uno tras otro sobre el Parque.

Se derribaron edificios históricos legalmente protegidos por decisiones caprichosas, mientras se abandonaban otros hasta su ruina. Para disfrute de los turistas se construyeron horrendos miradores acristalados que rompían la estética del paisaje. Los magníficos pinares, perfectamente limpios en suelo y vuelo durante la propiedad privada, se convirtieron en selvas impenetrables y abandonadas, incapaces de producir alimento para la fauna. Las alimañas no se controlaron en perjuicio de la especie emblemática –el lince–, que vio mermadas sus posibilidades de subsistencia por la competencia de cientos de zorros y similares. El conejo, abundante a pesar de la mixomatosis, comenzó a desaparecer. Sus comederos habituales se perdieron por falta de mantenimiento y cuidados y la especie se vio diezmada por la excesiva presión de predadores. El lince sufrió las consecuencias de inmediato. De la población autóctona próspera y viable existente hasta mediados de los años 80, se ha pasado hoy a la práctica extinción. Para subsanar esta desaparición se decidió la introducción de ejemplares foráneos que han llevado nuevas enfermedades al Parque. En los últimos veinte años han muerto por distintas causas muchos más linces que en los anteriores ochenta años de propiedad privada, cuando aún eran abundantes. Comenzó el éxodo de las hostigadas águilas imperiales que abandonaron sus nidos ante la presión científica. Llegaron hambrunas para la fauna mayor que, casi en su totalidad, se encuentra afectada por la tuberculosis. Las acuáticas tampoco se libraron de estas plagas.

La caza, insustituible elemento de control sobre las poblaciones animales, fue erradicada y las especies se multiplicaron sin freno. Ahora, los guardas del Parque matan a tiros, de mala manera y en secreto, muchísimos más ciervos, jabalíes y gamos de los se cobraban durante la época dorada de Doñana. Durante la propiedad privada doce guardas bastaban para mantener en orden la finca e impedir la caza furtiva. Hoy el furtivismo se ha multiplicado, causando verdaderos daños a pesar de los cincuenta guardas actuales, de la Guardia Civil y del SEPRONA. Una nube de científicos utiliza Doñana a su antojo como si de un laboratorio se tratara. Las especies emblemáticas son acosadas, marcadas y perseguidas, rompiendo su libertad y vulnerando sus derechos, que también los tienen. Cámaras, collares transmisores y otros artilugios se instalan en los agrestes e indefensos animales, dificultando sus movimientos y sus capacidades. El turismo de masas invade el Parque hasta extremos insostenibles. Aquellas tierras, que habían permanecido aisladas y vírgenes de presencia humana, se han convertido en una concurrida kermesse donde científicos, turistas, personalidades, guardas y operarios, circulan en todas direcciones. Los antiguos carriles de arena suelta, transitados esporádicamente por algún guarda a caballo, son hoy pistas compactas y apelmazadas por donde circulan decenas de automóviles, eso sí, debidamente autorizados.

Las aguas subterráneas, que en la época de propiedad privada eran casi superficiales, han descendido a más de 16 metros de profundidad, dejando las raíces de la vegetación en un arenal extremadamente pobre y seco que con el tiempo provocará su pérdida y la desertización. La causa es la desmedida urbanización de Matalascañas, construida como hemos dicho en el interior del antiguo Coto, cuyas necesidades de agua son insoportables para el Parque. A este consumo se une la que es necesaria para las miles de hectáreas de arrozales que hay en los entornos que, además, envenenan con sus tratamientos químicos a las aves de Doñana que allí se alimentan. Las obras hidráulicas que se han realizado en el Guadalquivir y en las propias marismas del Parque, han alterado el flujo natural de las aguas, causando graves perjuicios y desequilibrios en la flora. El descuido en el control de especies alóctonas invasoras ha provocado su proliferación, ya incontenible, causando importantes daños en la flora y fauna autóctonas y en las marismas. La lista de problemas es interminable y excedería con mucho la extensión de este artículo.

Este ha sido el resultado final de treinta años de gestión de la Administración pública que, en su día, pregonó a los cuatro vientos que su intervención había sido “la salvación de Doñana”. El famoso biólogo Valverde, considerado el promotor de la creación del Parque, confesó poco antes de morir que el gran error de su vida había sido llevar Doñana de las manos privadas a las públicas.

Desde que eso ocurrió, se han enterrado en el Parque miles de millones que, visto el resultado, no han servido para nada. Sorprende a cualquier persona avisada que, al día de hoy, no se hayan hecho sobre Doñana unas auditorías medioambientales y económicas independientes. Tanto error en la gestión y el fracaso en la aplicación de los fondos públicos, exigen sin más demora luz y taquígrafos. Doñana fue hecho por el hombre y también por el hombre está siendo destruido. Es obvio que hay que identificar a los causantes y exigirles las responsabilidades que correspondan. La administración no puede mantener por más tiempo la ficción frente a los ciudadanos de que el Parque Nacional de Doñana sigue siendo una maravilla. Se hace imprescindible y urgente el cierre del antiguo Coto de Doñana, núcleo del Parque, al turismo de masas, como ocurre con las cuevas de Altamira, en tanto no se inicie su recuperación y se impone también una drástica limitación de las actividades científicas de campo. Para que la esperanza reaparezca, es necesario devolver Doñana a sus soledades ancestrales y aplicar de nuevo las técnicas de gestión que lo llevaron a su pasado esplendor. No existen más vías milagrosas que impidan el galopante proceso de deterioro que sufre nuestro más destacado Parque Nacional.

La atribución de la gestión del Parque Nacional a la autonomía andaluza ha sido otro grave error. Doñana es una figura universal que pertenece a todos los españoles. Como tal, debiera ser gestionada por un organismo de ámbito nacional, ajeno a los vaivenes políticos y que esté por encima de ellos. Ese organismo existe y se distingue por una brillante gestión de los numerosos bienes que tiene atribuidos. Nos referimos a Patrimonio Nacional.

Todo este conjunto de penalidades y errores, que han llevado al Parque a una lamentable degradación, irreversible ya en algunos casos, fue denunciado hace más de cuatro años, de forma sistemática y documentada, por el autor de este artículo . Hace dos años que Hispania Nostra incluyó al Parque Nacional de Doñana en su Lista Roja de Patrimonio en peligro. Hace apenas unas horas que la entidad El Club de Doñana, integrada por antiguos gestores del Parque y miembros de su Patronato, ha presentado graves y fundadas denuncias sobre la crítica situación ante la Unión Europea, la UNESCO, el Convenio de Ramsar y el Parlamento Europeo.

Esperemos que estas denuncias no queden en agua de borrajas por la presión de una Administración pública interesada en ocultar sus fracasos. Luz y taquígrafos pedimos otra vez. ¡Que Dios salve al Parque Nacional de Doñana, Patrimonio de la Humanidad!

 

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