La cuna del ecoanarquismo

esvastica.jpgDIARIO MONTAÑES – Eugene, en Oregón, es un santuario ecológico que acoge a viejos hippies pasados de vueltas como John Zerzan, que en 1999 prendió la mecha de la antiglobalización

A Eugene se la conoce como la ciudad esmeralda. Sus puestas de sol y sus parques naturales y caminos para la práctica del senderismo la convierten en un rincón idílico para saborear la naturaleza

Antisistema de 68 años, Zerzan, que fue amigo de Unabomber, la lió parda en la ‘batalla’ de Seattle, en la que saboteó la cumbre mundial del comercio

Alguna vez se ha preguntado qué pasó con los hippies de los años 60? ¿Se convirtieron todos en burócratas y dejaron las camisetas de colores guardadas en el armario? No. Muchos cogieron el camino hacia Oregón y se refugiaron en alguno de sus santuarios verdes, como Eugene. La ruta de las cascadas nos lleva de la eco-chic Portland, urbana, moderna y vibrante, a la ciudad esmeralda, que con sus 150.000 habitantes esconde entre sus calles dispersas a esos viejos hippies que cabecean solitarios en las esquinas frondosas. No es una ciudad para turistas sino para universitarios y mitómanos que todavía se pasean por las tiendas ecológicas con faldas de colores y plumas en la oreja.

De entre todos esos hippies revolucionarios que no cambiaron más el mundo porque el viaje les tenía demasiado absortos surgieron los anarquistas verdes de Eugene, esos que en 1999 sabotearon la cumbre de la Organización Mundial del Comercio rompiendo las ventanas de los bancos de Seattle y dieron a luz al movimiento antiglobalización. Fue un parto brusco que nadie vio venir, «desde entonces no hemos vuelto a sorprender a nadie», admite John Zerzan, líder anarquista de aquella trifulca.
Lo encontramos taciturno en una modesta casa llena de gatos desde donde él y su mujer le toman el pulso a las revoluciones del mundo. Se acerca a los 70 y la barba blanca le da cobertura frente a la policía, parece un señor respetable que nunca rompería un plato, mucho menos el escaparate de un banco, pero Zerzan no acudiría a una de esas manifestaciones sin un martillo en la mochilla. El viejo activista conserva intacto ese espíritu combativo. Si la virulencia de Seattle cogió por sorpresa a las llamadas fuerzas del orden es porque ni ellos mismos sabían lo que iban a hacer hasta que se encontraron en medio de las protestas y vieron la violencia gratuita de la policía contra los manifestantes pacíficos a los que ellos siempre critican por su ingenuidad. «Fuimos a ver qué pasaba pero no esperábamos mucho», confiesa. Resultó que ni el propio Bill Clinton logró llegar ese día hasta el centro de convenciones para dar su discurso. Y mientras la policía cargaba con gases lacrimógenos directamente a la cara de los manifestantes, dejando más de una dentadura rota, ellos se vengaron contra los cristales de las grandes corporaciones que tienen sus oficinas en el centro de Seattle. «¿Y romperle la cara a la gente no es más violencia que romper los vidrios a un banco?», se defiende Zerzan.

Los anarquistas verdes que el gobierno llama ‘ecoterroristas’ ponen sumo cuidado en no causar víctimas pero no tienen piedad con los bienes materiales de las empresas contra las que luchan. Para él lo que otros llaman vandalismo no es más que el instrumento legítimo de la defensa anarquista contra la implacable maquinaria del mundo industrializado que amenaza la civilización misma. «Quemar un bulldozer que va a tumbar árboles no es violencia, es defender la tierra». Y mientras otros en la izquierda le acusan de sabotear sus esfuerzos pacíficos y desviar la atención del mensaje, él insiste en que es el único instrumento efectivo. «Ya está bien de protestas simbólicas que no van a ninguna parte», farfulla. Como prueba pone a los muchos periodistas que le buscaron a partir de las protestas de Seattle. «Quieren saber por qué lo haces y así es como empieza la conversación. No todo puede ser acción». Aquél día de 1999 Zerzan y el resto de los ninja se enfrentaban tanto con la policía como con los manifestantes que intentaban impedirles romper escaparates. De ahí que arremeta igual contra la izquierda que contra el sistema. «Los anarquistas no somos demócratas», afirma sin complejos. «La democracia es una forma de imponer la voluntad de la mayoría, ¿y qué pasa con los que queremos hacer las cosas de otra manera?».

Volver al primitivismo

Su lucha contra el hombre y la máquina se remonta a la agricultura, que considera la primera fórmula de domesticación, y pide una vuelta al primitivismo para solucionar la ecocrisis, sin que eso signifique vivir en cuevas. Su referencia son los pueblos indígenas, «pero no para colgarte plumas y fumar en pipa, sino para renovar nuestra conexión con la tierra».

El primitivismo que defiende como corriente le llevó a entenderse con Ted Kaczynski, más conocido como Unabomber, el anarquista que durante 20 años tuvo en jaque a la policía con sus paquetes bomba. Le cogieron en 1996 en una cabaña de Montana, sin luz eléctrica ni agua corriente, donde se había retirado en 1971 a practicar sus habilidades de supervivencia en la naturaleza. Cuando la civilización atacó su mundo él respondió a bombazos.

Zerzan no le culpa de ello, pero tampoco condena que sus acciones costaran la vida a tres personas. «Hay que hacer todo lo posible para no causar daños a nadie. Precisamente lo que nosotros hacemos es luchar por la vida». Solo se lo pasó por alto cuando leyó el manifiesto que este niño prodigio de Harvard publicó a la fuerza en ‘The New York Times’ y ‘The Washington Post’, ‘La sociedad industrial y su futuro’, a cambio de abandonar los atentados. Eso hizo que su cuñada reconociese la letra y le denunciase. Durante sus primeros años de prisión Zerzan fue su único amigo. Los abogados intentaban convencerle de que se declarase incapacitado mental, «pero eso hubiera invalidado todo por lo que había luchado, hubiera quedado reducido a un loco», aclara. En aquellos años le llamaba a cobro revertido y él le visitaba en prisión, pero hoy ni se hablan. Cuando empezó a hacer comentarios homófobos y misóginos a Zerzan se le abrieron los ojos como platos, pero cuando encima empezó a justificarlos con las raíces del primitivismo investigó bien sus afirmaciones y le retiró la palabra. «He conocido a gente que en prisión se ha convertido en extraordinarias personas, pero éste no solo está trastornado sino que es un mentiroso», sentenció.

Seattle fue el apogeo del ecoanarquismo en EE UU, pero luego llegó el 11-S y el gobierno de Bush aprovechó su guerra contra el terrorismo para aplastarlos como si fueran miembros de Al-Qaeda. La etiqueta de ecoterrorismo no tiene matices ante los jueces y Zerzan se ha prometido a sí mismo no pasar por la cárcel. Se ha mudado a otro barrio con más árboles y ahora se dedica a conversar con su vecino de la ecoaldea Maitreya, que en el fondo representa a la izquierda pacífica e idealista que critica por las ondas. Las mismas en las que sigue cuidadosamente los aires de revolución en el mundo, por si los vientos vuelven a soplar a favor.

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