En busca de la abeja perfecta

enba_mini1.JPGLa apicultora Laura García ha puesto en marcha un criadero de abejas reina con el que pretende obtener un linaje resistente a la varroa, un ácaro que provoca malformaciones y que está aniquilando la población mundial de estos insectos. 

 
Hay una anécdota de Aita Barandiaran. Había iniciado los trabajos de prospección en un dolmen. Ante el ruido y trasiego de gente, las abejas del lugar se intranquilizaron y comenzaron a atacar a los trabajadores, que salieron corriendo. Una mujer de un caserío cercano, al ver lo que ocurría cogió dos piedras, empezó a entrechocarlas y habló a las abejas en euskera. Asombrosamente, se calmaron.

Son muchos los testimonios que dan fe del respeto que la sociedad vasca ha tenido durante siglos hacia las abejas. Se cuenta que en el euskera tradicional, la muerte de una abeja se expresa diciendo hil da, con el mismo verbo que se utiliza para las personas. En los caseríos vascos se les consideraba parte de la familia y se les comunicaban los acontecimientos más importantes de la vida familiar. Cuando moría una persona de la familia dueña de las abejas, un vecino o familiar se trasladaba al colmenar, golpeaba con la mano la tapa de una colmena y les decía: «Jatzar zite, buruzagia hil zaizie» (despiértense, el amo se les ha muerto). La abeja siempre ha sido considerado un animal sagrado en la cultura vasca. Parte de interés, también la había, en una época en la que la luz eléctrica constituía todavía una utopía y la cera era imprescindible para iluminar las estancias y encender las argizaiolak, las lámparas que se encendían para despedir a los difuntos.

Advierte un dicho popular de que no hay que preguntar a un apicultor sobre las abejas, porque se puede pasar horas y horas hablando de sus colmenas. Laura García podría encajar perfectamente con ese prototipo: para un profano en la materia, escucharla resulta una delicia. Sus palabras destilan la pasión y el amor que tiene a una profesión tremendamente vocacional. Una descubre que la distancia recorrida es una medida más exacta para la vida de las abejas, 800 kilómetros en total; vivirán más días en invierno, cuando su actividad se ralentiza, y menos en verano, en plena producción; que las abejas reina entran en celo al de cinco días de nacer y en un día bueno de verano puede llegar a fecundarse hasta dos veces, siempre en el aire; que en una colmena viven la impresionante cifra de más de 40.000 abejas; que los zánganos son los únicos que tienen barra libre para campar a sus anchas en cualquier colmena, desplazándose en un radio de siete kilómetros…

Ha pasado toda su vida entre panales y colmenas, recolectando miel y cera, y trashumando (sí, trashumando) hacia los campos de brezo en verano. Lo veía hacer a su abuela y ella ha heredado esa pasión familiar por las abejas. A lo largo del año cultiva miel de eucalipto en las colmenas que posee en la franja costera que va de Lemoiz a Bakio; en verano, trashuma, como las ovejas, al norte de Burgos, en busca de los campos de brezo. Ahora, esta apicultura afronta un nuevo reto profesional: montar un criadero de reinas. Existen otros pocos en el mundo, ni siquiera llegan a media docena en toda Europa, pero el suyo será diferente: criará superreinas, abejas capaces de resistir de forma natural a la varroa, un ácaro que está esquilmando la población apícola de todo el mundo.

La varroa es un ácaro, procedente de Asia, que se introduce en las colmenas y provoca que las abejas nazcan con deformaciones y muy debilitadas, incapaces de hacer frente a otras enfermedades. Ya se ha extendido a todo el mundo y la mortandad en las colmenas se ha disparado. A la península llegó en el año 85 y, desde entonces, ha dejado una estela de asentamientos despoblados. Incluso se está volviendo resistente a los tratamientos químicos a los que se le ha sometido; algunos apicultores, en su desesperación, recurren incluso a un garrapaticida prohibido. Se calcula que el 88% de la cera producida este año tiene residuos de este componente.

Los apicultores tienen que lidiar también con las mieles que, procedentes sobre todo de China, se comercializan hoy en día por debajo de los costes de producción: a 0,80 euros el kilo, cuando producirla supone ya 1,47 kilos. Aquí en Bizkaia, además, sólo existen dos floraciones, la primavera y el verano. «Tenemos que apostar por la calidad y la productividad; con lo poco que tengo, tengo que ser lo más rentable posible», defiende Laura García.

La paradoja es que es, precisamente, la abeja asiática, la única que es resistente a la enfermedad y convive sin ningún problema con el ácaro. Con esta idea en la cabeza y viendo los problemas que la varroa está provocando en el mundo apícola, a Laura se le encendió una bombilla en la cabeza: criar abejas reinas resistentes al ácaro. Su planteamiento es sencillo: hacer una selección genética de forma natural. Puro darwinismo. Ir conservando las abejas reina que se muestren más resistentes para que críen, y perpetuar el linaje hasta conseguir esa super reina. «Es la madre de todas las abejas de esa colmena. Con lo cual, si yo hago reinas seleccionadas, el apicultor que lo lleve a su colmena va a conseguir que toda la genética la va a tener de esa reina», explica.

Ella calcula que en cuatro años podrá obtenerla. «Es el planteamiento que hemos hecho. Creemos que son suficientes para conseguir una abeja que se diferencia de las demás», confía Laura. Mientras, ya ha recibido los primeros pedidos, algunos incluso de Salamanca.

De las seiscientas colmenas que poseen ella y su marido, Laura ha seleccionado ya las primeras doscientas. Con ellas, durante todo un año, ha visitado de forma constante los panales y rellenado unas fichas en las que apunta si cumplen o uno una serie de parámetros: la incidencia que la varroa ha tenido en ellas, la cantidad de polen y miel que producen, si las abejas son mansas o no… Las que no cumplen los mínimos exigidos han quedado fuera del estudio. Con las mejores ha realizado un trabajo minucioso: con una especie de pluma, ha retirado los huevos, uno a uno, y los ha colocado en unas pequeñas cápsulas, colgadas de listones, que cuelga en otra colmena iniciadora. «Huérfana, para entendernos, sin reina», explica Laura. Las nodrizas cuidarán esos huevos para que de ellos salgan reinas. La alimentación, exclusivamente a base de jalea real durante los 16 días que tardan en nacer, es la que marca la diferencia. «Con la jalea, las reinas desarrollan ovarios y las obreras, al no recibir ese aporte, no. Pero son hembras igual».

En una colmena al uso, la primera que salga del huevo sería la reina; ella misma se encargaría de eliminar al resto. Pero Laura los intercepta antes y coloca a cada una de ellas en una colmena. En otras doscientas colmenas. Y así año tras año, quedándose sólo con las más fuertes. En todo ese tiempo, una premisa principal, «tratamientos químicos cero. Queremos que ellas mismas se hagan resistentes, que sean capaces de convivir con la varroa».

Su objetivo es alcanzar una producción de dos mil abejas reina al año. Para ello cuenta, además de la ayuda económica de la Diputación y el Gobierno vasco, con el asesoramiento técnico y científico de Antonio Gómez Pajuelo, una eminencia en el mundo apícola. Él ha diseñado el protocolo de selección que garantizará la producción de Laura. 

DEIA

Una respuesta to “En busca de la abeja perfecta”

  1. Samuel Says:

    Muy bueno, el artículo, en Perú, yo estoy emprendiendo el mismo trabajo de selección contra la varroasis, pero a escala de mi crianza.

    Y excelente la referencia a la cercania de la cultura Vasca a las abejas, creo que de haber habido abejas en el antiguo Perú, la relación ubiese sido muy similar.

    Atte.

    Samuel

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