Cosecha pasada por agua

AA11AAA.jpgEL CORREO – Con la llegada del otoño vuelve al Cantábrico la estampa de los recolectores de algas, ese oficio cuya suerte parece ligada a la de afiladores y colchoneros, serenos o pregoneros, pero que todos los años asoma por el litoral al mismo tiempo que las mareas fuertes. Los primeros ya se dejan ver, por ejemplo, en la playa castreña de Ostende. Jesús rastrillaba ayer en compañía de su mujer y su hijo la caloca que el océano deposita en la orilla con la machacona insistencia de los asuntos que guía la naturaleza. Lo lleva haciendo desde hace treinta años y su rostro, sin afeitar y curtido por el viento, se vuelve al sol cada vez que alza un montón de algas para depositarlas en el tractor que chorrea agua por los cuatro costados. La modernidad ha acudido en su ayuda; hasta hace dos años desempeñaba esta tarea con ayuda de una yegua «que ya hemos jubilado».

La cosecha se prolongará durante un par de meses, desde finales de septiembre hasta casi diciembre. Jesús calcula que recogerá en total unas 15 toneladas de algas, que transporta hasta el patio de su casa y pone a secar antes de que las industrias químicas adquieran el fruto de su sudor al por mayor. El precio está sujeto a constantes cambios, «y casi siempre a la baja», dice en tono de queja. De las algas, de color rojizo y ricas en yodo, se obtiene un polisacárido con apariencia de gelatina, que tiene infinidad de usos, desde tratamientos de belleza y artículos de aseo en general hasta laxantes o espesantes de sopa.
«Nuestro cliente es una empresa de Asturias», explica Jesús, mientras su mujer detalla las múltiples aplicaciones de este material. «Con ellas hacen la gelatina del jamón dulce o de York y hasta las guindas de los pasteles», enumera. Eso ahora, porque en los años 30 y 40 la caloca se utilizaba como abono. «Un día vino un extranjero que parecía entendido y nos dijo que llegaría el día en que todos viviríamos de esto», dice sin parecer muy convencida. Tampoco su marido aspira a tanto. «Es una ayuda, pero nada más, eso sí, a cambio de mucho trabajo. Con tanto paro, nadie se pega por coger ésta», dice señalando el mango del rastrillo con el que peina la arena.

Los días de buen tiempo, los frutos del mar se amontonan a la orilla, «pero cuando hay tormenta, las corrientes atrapan las algas en pozas que la resaca excava» en esta playa artificial, donde la piedra de cantera ha modelado un paisaje que hasta hace 25 años era un acantilado.

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