CANTABRIA. Despilfarro absurdo en Ganadería

suicidio4ld.jpgJuan José Sánchez Asensio es presidente del Ilustre Colegio Oficial Veterinario de Cantabria.

En todo momento, pero con mayor razón en tiempos de crisis, cuando el ciudadano tiene miedo de perder su empleo y verse abocado a no pagar sus facturas o el ganadero teme perder su explotación, todos adquirimos la obligación moral de denunciar el mal uso que las administraciones hagan de nuestros impuestos, principalmente cuando se producen gastos que carecen por completo de sentido.

Pues bien, en Cantabria, llevamos años quemando carne de primera calidad por pura obcecación de los responsables de la Consejería de Desarrollo Rural, Ganadería, Pesca y Biodiversidad. En estos tiempos, semejante despilfarro resulta hiriente para los ciudadanos y todo silencio, sea promovido y apoyado por una subvención, o por el miedo a la represalia, resulta cómplice. Ahora más que nunca, debiera ser obligado para todos, advertir al rey que está desnudo.

Con carácter previo, debemos precisar que sin lugar alguno para la duda, la carne que se consume en Cantabria ofrece todas las garantías sanitarias y, por tanto, cualquier polémica sobre la comercialización de carne obtenida de animales positivos en las Campañas de Saneamiento no tiene vinculación sanitaria alguna. Me atrevo a afirmar con toda rotundidad que tenemos la suerte de disfrutar en este ámbito, de un elenco de profesionales con un nivel de formación y actualización de conocimientos absolutamente envidiable.

Hecha esta precisión, lo cierto es que desde hace un tiempo, nuestra Consejería ha optado por incinerar todas las reses que resultan positivas en sus campañas así como a sus compañeras de explotación, aún siendo negativas, señalando que “de esta forma se favorece la subida de los precios al ser carne de mayor calidad” y que “se beneficia a los consumidores garantizando que la carne de Cantabria no proceda de animales positivos de las campañas de saneamiento”. Sin embargo, conocemos que mientras las vacas de Cantabria se incineran obligatoriamente, la carne de animales positivos procedentes de Campañas de Saneamiento Ganadero de otras comunidades, se ha traído a los frigoríficos de Cantabria para su venta. En primer lugar, lamentamos profundamente que se utilicen tendenciosamente los temas sanitarios para la defensa de intereses bien distintos e, inmediatamente después, debemos poner de manifiesto que no se está hablando de animales enfermos, sino de animales reaccionantes positivos a una prueba serológica y eso, en la menor parte de los casos, porque en su gran mayoría, se trata de animales que simplemente han convivido con ellos, pero que cuentan con la acreditación reciente de su perfecto estado de salud en esa misma prueba.

Todavía con mayor claridad si cabe, hay que manifestar que dentro de los mecanismos de contagio de la enfermedad no se encuentra, por motivos obvios, el consumo de carne. En palabras de la FAO, “el hombre usualmente enferma de brucelosis por el consumo de leche cruda o sus derivados. La brucelosis también es reconocida como una enfermedad de riesgo laboral para los ganaderos y veterinarios que se encuentran en áreas endémicas de la enfermedad”.

Consecuentemente, ni debe producir ningún tipo de alarma la comercialización de carne procedente de campañas de saneamiento, ni se trata de carne de peor calidad, ni se garantiza nada a los consumidores por destruirla. Y todo lo que se aparte de esta afirmación veraz es un atropello a la ciencia y a la razón. Más aún si proviene de personas que ejercen, con mayor o menor acierto, una responsabilidad representativa.

Pero existe en tal decisión una incongruencia todavía mayor si cabe: en el momento actual, toda la sociedad al completo, dentro y fuera de la administración, se encuentra profundamente implicada en un proceso activo de “valorización de residuos”. Apoyamos con recursos públicos, cualquier esfuerzo que produzca un aprovechamiento y evite la contaminación consecuente a la eliminación de los residuos procedentes de las distintas actividades. Sin embargo, en este caso y sorprendentemente, tomamos una materia prima de excelente calidad y de elevado coste, la proteína animal en perfecto estado, y la convertimos en un residuo que después deberemos eliminar.

El costo de este producto, así entendido, se cuadruplica para la administración, primero se paga una indemnización al ganadero por el sacrificio de la res, luego otra por la destrucción de la carne, a continuación se abona el transporte y sacrificio de las reses en el matadero y, finalmente, nos hacemos cargo del costo económico de su remisión y destrucción en una incineradora, lógicamente con un importante efecto contaminante medioambiental. De modo que el espacio vacío que deja este producto en el mercado de Cantabria, es ocupado, en aras de la libertad de comercio, por otro similar, procedente de comunidades vecinas. Curiosa forma de entender el “regionalismo”: quemamos nuestras vacas para traer otras similares de fuera de Cantabria.

No podemos permanecer impasibles por más tiempo ante la obstinación y persistencia en el error, mientras cientos de millones de nuestros impuestos que podían dedicarse a recuperar el sector o a crear escuelas y hospitales, se mandan a quemar en una incineradora del País Vasco. Ciertamente, nadie vestido de batín negro -representante del noble oficio del tratante en Cantabria-, obtiene ya lucro de la desgracia del ganadero. Ahora, con el esfuerzo de nuestros impuestos y sin ventaja alguna para el consumidor, se frotan las manos algunos responsables de explotaciones y mataderos de Castilla y empresas de recogida, sacrificio e incineración vascas.
Toda política es cuestionable y revisable, independientemente de la intención inicial, pero lo que no resulta cuestionable en absoluto, es que la carne que se comercializa en Cantabria ofrece las máximas garantías sanitarias.

EL DIARIO MONTAÑES

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